
El reloj, encima de la mesilla de noche, dentro de la habitación del motel, marcaba las cero horas; era la primera semana de julio, y el bochorno nocturno, húmedo, fétido y sofocante, penetraba apabullante, con suma autoridad, a través de la persiana de bambú que cubría la trampilla, entreabierta; la cual, enlazaba el cuarto de baño con el callejón posterior de la hostería.
A la primera bocanada de aire - una vez recuperado de la abrupta y repentina pérdida de conciencia - le siguió un sabor repulsivo a sangre, que inundaba indiscriminadamente el interior de las encías y parte de la comisura de mis labios - secos y cuarteados, por la excitación de la que era presa. Poco a poco, A medida que transcurrían los segundos, percibía el efecto de la circulación sanguínea desentumeciendo todas y cada una de mis extremidades, hasta lograr anclarse en las puntas de las falanges, con una virulencia voraz. A continuación, los párpados comenzaron a revolotear, en un intento obstinado e impaciente de comprobar la funcionalidad de todos los órganos vitales en mi sistema locomotriz. Al instante, el sonido resurgió atolondradamente, y todo comenzó a dar vueltas: los tímpanos parecían estallar, siguiendo los sistemáticos acordes locomotores del “I’m waiting for my man”, de Lou Reed.
El bullicio estruendoso, que se colaba por la rendija de las ventanas de mi percepción cognitiva, ya no era solamente una consecuencia del ruido estereofónico, irradiado desde “La Tasca Pancho” – en donde además de licor se rendía culto al sexo a granel, sino el compendio de toda una serie de pensamientos que me perturbaban, hasta producir un atolondramiento general: el cual se intuía transitorio.
Seguidamente, conseguí levantarme erguido, con alguna que otra dificultad, de un suelo con adoquines falsos, color granate: en donde, minutos antes, yacía, boca abajo, y sin sentido. Pude comprobar, en ese preciso momento, como la cabeza me daba tumbos anárquicamente: divisé - a simple vista - a un costado de la cama, una botella transparente, recostada - medía vacía - de tequila “Gran Patrón Platinum.” Pensé que “no habría sido yo el que la hubiese podido comprar y menos consumir - al no haber parado en ningún establecimiento, durante el trayecto del aeropuerto a la dichosa bañera… aunque…” la intoxicación etílica se evidenciaba en mis propias carnes; ya que, mi “batiburrillo” mental indicaba que había habido un antes y un después.
De hecho, había perdido completamente la noción de lo que había sucedido hace tan solo unas cuantas horas; la amnesia inducida, que padecía, era la verdadera causante de los múltiples temblores que sobrellevaba: había perdido el "control"; sin lugar a dudas, mi invulnerabilidad había sido comprometida, violentada y ultrajada; pero “¿por quien y porqué?” Era esto último lo que se adueñaba de todo mi raciocinio, constantemente: nada parecía tener sentido.
Por un segundo, me sentí como si estuviese en las entrañas de una ballena, en medio del “Océano Soledad”; y, al girar la cabeza de lado a lado, caí desplomado al suelo: derrotado, presa del pensamiento residual que aún anidaba en mi subconsciente - “había sido roto en mil pedazos” como un muñeco de trapo y cerámica.
En medio de todo este desasosiego, me vino a la mente la “lameluza” de la Manuela (“la señorita Sonrisitas Colgate”); digamos que sus estupideces “pijoteras”, triunfalistas, “anatómicamente horteras, y ortopédicas,” seguían resonando en mí, como el ruido de un mortero a quemarropa; no obstante, los acordes del “Evil Woman”, de la “Electric Light Orchestra”, machacaban la séptima vértebra de mi maltrecha columna con una de esas frases futuristas que me terminarían por dar, inexorablemente, la razón: “el tonto y su dinero pronto toman caminos separados.”
Intentaba salir de mi perplejidad, y sin embargo, permanecía en un estacionario estado de shock - con las piernas temblorosas y el corazón a ciento noventa pulsaciones por minuto; pretendía avanzar, sigilosamente, arrastrando las piernas por toda la habitación, hasta llegar al armario empotrado; y, al llegar al armario, mi estupefacción alcanzó límites insospechados, cuando descubrí que todo mi equipaje había sido vaciado por completo: todas y cada una de las americanas, corbatas, de los pantalones y de las camisas habían sido cuidadosamente colgadas, individualmente, en perchas; mientras que los cajones del armario portaban toda y cada una de las prendas de ropa interior que había empaquetado cuidadosamente, una noche antes de subir al avión. Los zapatos estaban alineados y al abrir la billetera, comprobé que todo seguía en su sitio, incluido el dinero, y las tarjetas de crédito.
Mi cerebro no conectaba con otra cosa que no fuera buscar la carta; la cual, tuve en mis manos, antes de haber sido presa de un destino surrealista. Por este motivo, en pleno ataque de improvisación inconsciente, me abalancé, sin pensarlo, sobre la bañera, en busca del papel en cuestión; removí cielo y tierra, rastreando sin rumbo fijo por todo el cuarto de baño y por cada uno de los entresijos de la habitación, sin otra alternativa que llegar a la conclusión de que alguien había entrado en mi habitación - sin mi consentimiento - con el único propósito de manosear toda mi intimidad. Un sentimiento, que nunca había experimentado antes: la impotencia se apoderó totalmente, por unos instantes, de toda mi esencia.
En mi sufrida búsqueda, pude comprobar como el cepillo y la pasta de dientes habían sido minuciosamente colocados dentro del armario del cuarto de baño; y es, precisamente en ese momento, cuando el pavor me inundó, por completo, al manifestarse, a través del espejo, marcas múltiples, a lo largo de toda la longitud de mi pene, hasta llegar al prepucio, como si mi miembro viril hubiese sido objeto de una especie de juego perverso de carácter sadomasoquista, mordaz y aleatorio. No tardé en comprobar las mismas marcas en las muñecas y en los tobillos: pequeños surcos producidos por amarras de índole desconocido: cuerdas rojas que pude encontrar, cortadas a pedacitos, en el fondo del cesto de la basura - junto a unas tijeras, y al cuerpo de un plumífero animal descabezado.
Siguiendo el rastro ensangrentado, creado por el cuerpo guillotinado y sin vida del indefenso pollastre, descubrí, ante a mi convulso estupor, debajo de la base de la cama, una vela negra, recién apagada, una vasija con sangre, la cabeza recién seccionada de un pollo, y un papel doblado, en cuatro partes, escrito con sangre, que ponía: “suppixelp suanad.”

Me parecía ser presa de una pesadilla delirante, y tan solo pensaba en escapar de dicha angustia irracional, que me asfixiaba existencialmente, sin tregua alguna. “Un masaje pornutónico tailandés sería lo ideal, en estos momentos” era lo que realmente revoloteaba, inconscientemente y a ratos, dentro de mi cabeza, con el único objetivo de obviar el presente - en busca de una sanidad mental; la cual, se antojaba, a ratos, utópica.
Mi primera intención fue la de denunciar el suceso ante las autoridades; aunque, al final, me vine atrás cuando recordé los innumerables casos de turistas europeos que habían sido injustamente acusados de crímenes no cometidos y encarcelados indefinidamente, por falta de pruebas - en Ciudad de México, por poner un ejemplo: “es evidente que la justicia mexicana y la corrupción suelen ser primas hermanas; aunque esto sea un mal endémico que reina en toda Latinoamérica.” Por otra parte, necesitaba, en esos instantes, pasar página y abandonar, de una puñetera vez, ese antro - nido de moscas, infección y fetidez - hasta que decidiese qué rumbo tomar: no tenía nada claro lo de seguir en la empresa, y menos en ese “cuchitril inmundo” durante las tres próximas semanas; Así que, ni corto ni perezoso, me duché, lo más rápido que pude, titiritando, con dos compañeros inseparables: “intranquilidad” y “desasosiego” - no sin antes apuntalar la entrada de la habitación con la única silla que había en “el puto cuartucho de mala muerte”.
Entre tanto me abotonaba la camisa negra a rayas, una voz de hombre embriagado daba la bienvenida a Tijuana a todo aquel que, como yo, se sintiese en un territorio de nadie, vociferando, sin parar: “si no me traes la troca, como te dijo Pancho, te voy a dar un chingazo en la madre, pendejo pinche güey… ¡es tu chingá vieja o la troca! ¡tu decides cabrón!” Así que de repente me asaltó un pensamiento, al terminar de calzarme los zapatos negros, de charol: “era el pasajero ideal, viajando hacia un destino totalmente aterrador e incierto – un reo indefenso y enjaulado en una selva atroz y despiadada.” De ahora en adelante tendría que andar con pies de plomo, si no quería terminar con el plomo en el cuerpo y los pies por delante.









