
Verano del 2007. Acabo de arribar al aeropuerto internacional de Tijuana; el calor es insoportable, el aire insufrible y las moscas hacen de pegajosas concubinas. A las afueras de la terminal, toda una fila de taxistas engominados y pintados de sudor, no cesan de hacerme gestos, con sus pañuelos mugrientos; quieren desvalijarme dentro de un Volkswagen Beetle, “made in Chingapur.” De camino al motelito “Acábame Papi Rico,” costeado en su totalidad por la empresa informática “miamense,” para la cual trabajaba, no dejo de pensar que nada mas llegar, necesitaría “desfogarme etílicamente” con un par de putas de callejón – todo esto antes de comenzar, la insufrible jornada laboral intensa de veinticuatro horas, a la semana, durante quince días estresantes y a tope: ¡la empresa paga!
Menudo “conejillo de indias” en busca de un lugar en donde descansar los pensamientos: acababa de salir de una relación intensamente agobiante, con la perfecta secretaria - “la señorita Sonrisitas Colgate”; ¡si!, de las nuevas chicas modelito “trepa” que utilizan a los hombres con experiencia en la empresa, al igual que uno solía usar, de peque, la cabeza de un perrillo de peluche, apodado “el popis”, para jugar al futbito - arrastrándola y pateándola por medio parquet de la salita de estar.
Quemado y exhausto, no podía dejar de cavilar sobre el verdadero sentido del amor - aunque no sirviese de nada, en esos momentos, pensando que “el verdadero amor es aquel que encuentra su reciprocidad en la importancia que se le de a la persona estacionada en la otra orilla - todo lo demás es pura falacia argumentativa.” Es lo que tiene la frialdad del sudor en soledad: te penetra hasta el tuétano de las ideas y te sugiere usar, de ese momento en adelante, una lupa para analizar indiscriminadamente a “los demás”, como si fuesen minúsculas hormigas en una “metrópolis” de Fritz Lang. Gran mecanismo de defensa esto de emplear la infalibilidad subjetiva, en situaciones de descomunal impotencia argumentativa.
No dejaba de pensar que todo mi presente me importaba una mierda y que, de ese momento en adelante, procuraría cerrar “el chiringuito”, por falta de premisas en mi contra. A todo esto, continuaban aturdiéndome mis monstruos del pasado y me urgía escapar, esa precisa noche, con la concupiscencia, con el gozo y con una botella de “José Cuervo” entre pecho y espalda; así que, puse manos a la obra: antes de todo, pretendía ducharme con shampoo, meneándomela efusivamente sin parar, para evitar el engorro de tener que remunerar, demasiado pronto, al dúo dinámico “Tres Segundos Lésbicos con Pili y Mili.”
En el cuarto de baño, al lado del lavamanos, entre dos jaboncillos, curiosamente envueltos con papel “color-perla-caribeña”, avisté un sobre color barquillo que portaba una pequeña nota, escrita con bolígrafo rojo, sobre fondo azul pastel. Quizás alguien se la había dejado atrás, sin haberla leído. Pensé, en la brevedad del momento, que a lo mejor no era de mi incumbencia transgredir los pensamientos ajenos; pero, mis dedos no dejaban de devorarla, y mis ojos no podían evitar violar la intimidad de su silencio, el cual se me revelaba así:
“¿Porqué lo hiciste?
Yo sólo me dejé llevar por mis instintos más básicos. No pude irme de allí, tras observarte en tu cama, durmiendo desnudo, con tu cuerpo provocador llamando, gritándoles a mis lujuriosos labios….
Cuando empecé a degustar el delicioso sabor de tu sexo tú te despertaste y empecé a sentir crecer tu excitación en mi boca. No te quejaste entonces. Sólo gemías de placer. No era rechazo lo que sentía mientras sujetabas mi cabeza y movías tus caderas. Me excitaba excitarte. Me corrí cuando te corriste. Sacié mi sed y mi hambre de tu polla.
¿Porqué me denunciaste entonces? ¿Crees que seré capaz de rehabilitarme de mis deseos de comerme cada centímetro de tu cuerpo? Estoy enferma de ti y pienso reincidir cada vez que me dejes. En cuanto salga de esta cárcel volveré a buscarte y estoy segura de que tú también.”
Al instante, mi transpiración cesó, quedé desplomado y al desnudo: alicaído, suspendido dentro de una bañera sin fondo – vacía - de paredes blancas; recuerdo, haber dejado deslizar la nota al suelo, como si su tinta destilase un éter que me maniataba, aprisionando mi realidad contra la indeseable introspección cognitiva de lo desconocido en mí; anonadado y sin escapatoria, todo mi ser se estremecía violentamente, mientras un chillido se adueñaba de mis entrañas. El chillido se multiplicaba, en cientos y miles de aullidos, para crear una sola voz, que a su vez se distorsionaba en varios chirridos, evaporándose en un único grito que rezaba así: “creo que, a partir de ahora, me dedicaré a la taxidermia – tengo experiencia en eso de experimentar con agujas y ciertas mariposas tropicales.”








