Acababa de salir del trabajo, entre llamadas e emails que inundaban mi BlackBerry. Casi no atinaba a meter la llave y prender el coche, una vez dentro del vehículo. La cabeza estaba a punto de estallar y el corazón palpitaba solo de pensar que podría ver realizada una de esas pequeñas utopías que nos mantienen la mente ocupada y no nos dejan avanzar, en nuestro desarrollo, como entidades imposibles de clonar al cien por cien. En ese momento, saltó “La Idea” y el diseño resurgió dentro de una carpeta de cartón azul; la cual, a su vez, reposaba dentro de otra de cuero negro - por si fallaba el día y el sol se tornaba en tormenta de verano. En cuanto salí del parqueo me dispuse, como si de un zombi fuese, a seguir los latidos de mi corazón, los cuales me indicaban que girase a la derecha y tomase la autopista en dirección sur, ¡hacia Kendall! - barrio de clase media, en el cual la pulcritud y el buen gusto no eran óbices para lo alternativo, la “modernéz” y el desparpajo. ¡Y que cojones! (cobijado en el deseo, me decidí a esconder mi secreto y a hacerlo todo a mi manera, en un intento de reconducir mis sueños hacia el lugar planeado. Tan solo una persona lo sabría, en ese momento, ya que unos minutejos antes había mantenido una conversación con ella, al otro lado del océano atlántico: tan solo ella seria una especie de cómplice, por decisión propia: me hacia ilusión y al mismo tiempo, durante mi estancia ese seria el lazo que la transportase, por medio de mi pensamiento, al sitio en donde lo llevaría a cabo. Supongo que, el hecho de haber cumplido mi promesa, de que ella y solamente ella fuese la primera y única en saberlo, me confortaba y, al mismo tiempo, me animaba para lograr sentirme invencible, ante esa sensación indescifrable de libertad que me invadía: esa autonomía recién adquirida de poder escoger mi destino, la cual me impulsaba a lo desconocido, sin prejuicios, sintiéndome un camicace con plenos poderes y con capacidad de hacer todo aquello que me propusiera. Todo un sentimiento cautivador de palpitaciones pre-orgásmicas, culminado por un éxtasis neuronal y sinfónico. Eso si: me dio por pensar que “el mañana también tendría sus batallas que librar, sus quehaceres y sus dolores de cabeza – lo cual me dejo mucho mas relajado: estaba totalmente seguro que nadie me libraría de ello y me dispuse a sortear las luces rojas y los turistas cegatos que conducen a 15 kilómetros por hora, buscando un sitio en donde aparcar… Primera señalización: “US1 y Calle 57”; indudablemente, me encontraba a medio camino, puesto que el sitio, en sí, quedaba en la US1 (eje central a lo largo de la costa floridana, arteria de grandes proporciones, que enlaza el Norte con el Sur del estado). Bajé las ventanillas para tomar el aire del atardecer que empezaba a apagar el sofocante calor del día, y la brisa lograba, por un momento, desentumecer el estrés que yacía sobre mis hombros y cuello. De momento aceleraba cada vez más, evitando las paradas desafortunadas de un tráfico soporífero, en dirección Sur; mi objetivo: desafiar y ganarle la partida al miedo y “al que dirán”.

Aparco el Honda blanco CR-V, en uno de los espacios libres del parqueo y me dirijo con mi carpeta, detrás de mis gafas de sol, a abrir la opaca y empañada puerta del recinto. Nada más penetrar, siento el aire acondicionado… ¡ahhhhh, que agustito se está dentro! El estudio está totalmente empapelado con fotos y diseños múltiples, en blanco-negro y algún que otro bañado en colorines, preferentemente rojo, verdes y azules. En una esquina, detrás del mostrador principal: un calvete, de tez blanca, se asoma brillándole la “camocha” como si se hubiese olvidado de que la gomina se usa encima de una superficie con pelo – la verdad es no “capisco”, por unas fracciones de segundo, que es lo que este pobre hombre se ha frotado en esa cabeza de “palomino desvirgado”: es la cabeza mas brillante que ojos hayan visto (pienso por un breve momento). Además, para mayor INRI, el tío muestra, al acercarme a su careto, toda una ristra de “piercings” colgándole, a diestra y siniestra, por casi todas las facciones y una largada “barbillica de chivo degollado”, con un tatuaje en el antebrazo derecho de a una pareja acurrucada esbozando “69”; toda la parte izquierda de la anatomía de este “ser” exhibe una decoración un tanto barroca, con una serie de amalgama de colores psicodélicos. Vamos, que eran tantos los diseños diminutos y coloridos que ni el mismo Miguel Ángel, hubiese podido imaginar, entre múltiples sesiones de LSD, como es posible que algo pueda ser tan parecido a la Capilla Sextina, pero en diminuto. Contiguamente, el otro “sujeto”, que servia tanto de acompañante, como de reclinatorio, me miraba fijamente, con cara de pánfilo, y trataba de registrar todas y cada una de mis preguntas, a cerca del precio y de la viabilidad de hacerlo en ese momento. Cosa que no es indicativa, en lo más mínimo, de que el individuo estuviese procesando ninguna de mis preguntas para así dar al menos una respuesta. Al cabo del tiempo de estar observando al susodicho “ornitorrinco de figura exageradamente alargada” me di cuenta que, en cierta forma los músculos de la cara de este chico los debía de tener entumecidos por tanto piercing y tanta piel extremadamente decorada.

Momentos más tarde, cuando me disponía a soltar una de mis ironías a modo de chorrada sin venir a cuento, para que me echasen a cajas destempladas o me soltaran una burrada, el chaval con cara de “marciano cósmico” va y grita: ¡MARCELOooooooOOOOOooooooOOOO! y como por obra y gracia de magia, surge, de la nada, un melenudo, al que tan solo se le lograba ver el ojo izquierdo, mientras el resto de las facciones yacían detrás de la más que densa maleza de pelo negro ensortijado. El color del atuendo que cubría casi en su totalidad al personaje era negro impenetrable; y del cinturón colgaba una cadena plateada que recorría toda la parte del muslo para desembocar en una supuesta billetera, localizada en el bolsillo trasero del pantalón. Le pedí opinión, después de exponerle mi diseño y me dijo que era factible, subiendo y bajando la cabeza, en una especie de ritual secreto, culminado con un cerrado apretón de labios, y seguidamente me soltó, en inglés: “just wait two seconds and I’ll get back to you”, para que esperase un momentín, mientras él terminase los preparativos, para que en breves momentos se pudiera disponer a ejecutar mi sentencia.

Al cabo del rato, me llama y me dice que todo está listo y, al sentarme en un sillón de cuero negro, me pasa, por el hombro izquierdo, una gasa con alcohol, y seguidamente me aplica un adhesivo con el diseño ya plasmado; me lo miro, en el espejo, y doy el visto bueno final. Comienza la faena, y durante los primeros momentos en que empezamos a establecer una comunicación, no muy fluida que digamos… ¡porque no decirlo! me empiezo a dar cuenta de que su inglés tiene un claro acento sudamericano; y decido, después de descargarle la típica verborrea de mi pasado - a grandes rasgos y muy por encima - preguntarle por su origen. Me contesta brevemente que es del Perú y que estudió Diseño grafico, antes de venirse a “Los USAs”. Es en ese preciso momento, cuando saca una caja llena de agujas nuevas y me hace hincapié en que deben de ser nuevas, me pregunta: “¿estás listo?”, a lo que respondo “¡claro! estoy listo desde hace tiempo, de hecho me lo he pensado demasiado antes de venir aquí”, y el tío me contesta: “al parecer ya iba siendo hora para tí” y empieza a rasgar y a secar… a rasgar y secar, con el ruido típico de una mini taladradora, punzante y penetrante. En un breve inciso, me comenta que si sabía que “ya no había vuelta hacia atrás”, y yo le vuelvo a asegurar que si me decidí a posarme en su “asiento de tortura china” no era para bajarme los pantalones y salir por la puerta principal gritando con las manos en alto y moviendo las caderas. ¡NO! Aunque, es precisamente en ese momento cuando comienza el terror: mientras el ruidito del “taladrín rasgador y putero“ me pregunta que si había muchos peruanos en Madrid, y me comenta que es ahora el momento idóneo de “vengar” a los indios en Latinoamérica del poder de la corona española y del “saqueo en América”. ¡Dios, lo que me faltaba! Y yo solo pensaba en que la aguja no se hundiese cada vez más y más, sin querer mirar a lo que el “malandrín” estaba perforando… Para evitar concebir pensamientos de magnitudes dantescas, me limitaba a contemplar, uno por uno, los diversos diseños que colgaban de la pared que tenia frente por frente. Al sentir como la aguja rasgaba mis carnes, y reposaba, para volver a incurrir en territorios no antes explorados, movía mis ojos al diseño contiguo, inspeccionando sus curvas, en un ritual que me apartaba de la cruda realidad y del aparente brotar de los capilares que minuciosamente iba siendo secada por el “inca del pelo largo”. El caso es que, para minimizar la tensión, decidí crear la impresión de que era todo un devoto amante de la cultura inca y que en su momento presté mis humildes servicios, en Madrid, a la causa para evitar que algún que otro peruano fuera repatriado a su país de origen, al carecer de papeles que estuviesen en regla, durante mi temporada de diseñador grafico en una imprenta en La Calle Mayor. Al momento, le vi dibujar una sonrisilla y pensé que todo saldría bien, mientras el continuaba usando, una y otra vez, las agujas sin que pudiera ver su rostro. La silueta del interminable diseño ya estaba finiquitada; ahora tan solo faltaba ¡EL RELLENO! ¡Dios, habían pasado 20 minutos y el calvario pintaba a que se extendería aun más! Apretaba, sin hacer mucho alarde de incapacidad para tolerar el dolor, el rollo de papel que portaba dentro de mi axila, como si estuviese dando mi último adiós a ese amigo del alma que sabes que no verás nunca más: ¡bendito rollo de papel, que me servía de refugio evasivo de unas sensaciones tan impredecibles como escalofriantes! Una vez acabado el “relleno”, a modo de chulín, le comente al currante del rostro indígena, después de haber sido interpelado por el susodicho, que me había pillado fuera de contexto y había notado unos pinchacillos, con atenuantes de desgarramiento y quemazón, pero que había pasado y que era no solamente “tolerable” sino “interesante”. “¿INTERESANTE?”… Si, si… ¡Cágate! Debió de haber sido el post trauma, pero lo cierto es que, a medida que fueron transcurridos los minutos, resultó ser una autentica batalla al más puro estilo “masoca urbano”, que llegó a gustarme, ¡hacia el final! Lo que más me apasionó fue la sensación de haber dominado el dolor y de haber sabido estar a tono, controlándome y no chillando como “una maricona: ¡ayy, cojones, que esta mierda duele!”. Al final, reconozco haberme quedado, por unos segundos, con la sonrisilla tonta y con ansias de encender un pitillo, y consecuentemente fumármelo a la orilla del mar, ¡con una botella de JB! Ahora puedo decir, después de todo el litigio, que, en ese momento, me sentí plenamente liberado y con la impresión de que había ganado una batalla contra mi mismo, no solamente en el terreno psicológico y emocional, sino también en el físico. Al final de la sesión, me mire el tatuaje de mi espada tribal, entrelazada con unas alas angelicales, las cuales podrán apartarse, la una de la otra, representando a todas esas libertades que se logran conseguir a fuerza del esfuerzo y sacrificio. Tan solo me queda agradecer a esa persona, que aunque tan lejos la siento, la mayor parte de las veces, tan cerca: gracias, por haberme escuchado desde el otro lado del océano Atlántico, en todo momento, y por haberme permitido revolotear a tu alrededor, de vez en cuando. También, quiero reconocer que ha sido una pasada el haber sentido lo que es el placer del dolor puesto a prueba. Ahora solo me queda esperar dos semanitas, sin exponerme a las inclemencias del sol. En los próximos dos días, tendré que aplicarme la loción que me dieron 3 veces al día, en la región afectada. ¡Yupiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Y pasado esos dos días, me recomendó Marcelo que me aplicase Lubriderm – loción hidratante para el cuidado de la piel, puesto que estoy supuesto a sentir picores y la piel comenzará a despellejarse sutilmente, para luego volver a su estado normal, con el dibujo totalmente cicatrizado. Ahora solo queda que lo vean mis padres y mi hermana, a ver que les parece, upssssss… Es ahí donde realmente esta “el kit de la cuestión”, aunque como me dijo Marcelo “ya no hay vuelta atrás”.
Aquí está mi Delfín Maori:
Viernes, 17 de Agosto, 2007: 2 semanas mas tarde de haberme tatuado el “Delfín Maorí”, y siguiendo los consejos de Marcelo, me embarqué en la ardua empresa de un ligero retocado de “La Cruz Tribal” realizado en el hombro. Estas son las fotos tomadas ese mismo viernes, de madrugada, como había prometido:
Imágenes del Delfín Maorí, después de 2 semanas:



Tengo que confesar, que aunque hoy en día cuente con un total de 4 tatuajes, mi “desvirgamiento tatuajense” ha llegado a ser una experiencia realmente intransferible, un reto a mi mismo y a la sociedad, una forma de decir a gritos a todos los que me rodean que sigo siendo libre, sigo siendo único, pero sobre todo que “the sky is the limit”, o lo que es lo mismo: no hay nada imposible, ni nada que nos pueda atar de pies y manos… todo es factible, mientras nos lo propongamos, luchemos por conseguirlo y actuemos en consecuencia en cada paso, en cada sorbito de agua que bebamos, en cada bocanada de oxígeno que aspiremos. Al fin y al cabo, tendríamos que plantearnos una cosa: ¿a quien realmente le gustaría vivir en un mundo automatizado, en el cual todos fuéramos idénticos?
Por otra parte, tal y como rezaba el letrero que colgaba de una de las paredes del local: “tatuarse no es delito”; a lo que yo añadiría: “la discriminación debiera de serlo, aunque todavía hoy en día no lo siga siendo…”
Continuara…